Son silenciosas, discretas y están en todas partes. Entran en acción cuando nos acercamos a un supermercado, cuando llevamos el carrito en un centro comercial, cuando aparcamos el coche en el garaje o cuando accedemos a un hospital. Las puertas automáticas forman parte de nuestra vida cotidiana hasta el punto de que apenas nos fijamos en ellas: confiamos en que se abrirán y cerrarán de manera correcta, segura y sin fallos.
Esa confianza, sin embargo, esconde una paradoja preocupante. Aunque utilizamos puertas automáticas decenas de veces al día, su seguridad no está garantizada en la mayoría de los casos. La razón: se trata de un sector que aún no cuenta con una regulación clara y específica que asegure que todos los equipos instalados cumplen con los estándares necesarios para proteger a las personas.
Más del 80% no cumple la normativa
Los datos son contundentes. Según estimaciones del sector, más del 80% de las puertas automáticas instaladas en España no cumplen con la normativa de seguridad vigente. Esto significa que la gran mayoría de los accesos automáticos que usamos a diario presentan carencias técnicas o de mantenimiento que podrían derivar en incidentes.
Lejos de ser una amenaza teórica, las consecuencias están documentadas: cada año se producen más de 27.000 accidentes relacionados con puertas automáticas. Una cifra alarmante que, sin embargo, pasa desapercibida para gran parte de la ciudadanía.
Un vacío normativo evidente
El problema no radica únicamente en la falta de normas. A día de hoy, existen directrices europeas y nacionales que establecen ciertos criterios de fabricación y seguridad. El gran vacío está en la ausencia de una regulación específica y de un organismo claramente responsable de supervisar su cumplimiento.
Hoy, la instalación, el uso y el mantenimiento de muchas puertas automáticas dependen de interpretaciones diversas de disposiciones técnicas, algunas de ellas de carácter voluntario. En la práctica, esto significa que no hay un sistema eficaz de control ni sanción que garantice que las puertas instaladas sean siempre seguras.
Una contradicción difícil de explicar
Resulta sorprendente que un elemento tan común y tan utilizado en nuestra vida diaria esté menos regulado que otros dispositivos cuya interacción con las personas es mucho más esporádica. Si existen normativas estrictas para ascensores, calderas o instalaciones eléctricas, ¿por qué no para un mecanismo que utilizamos miles de veces al año y que puede suponer un riesgo real si no funciona correctamente?
Desde la Federación Nacional de Puertas y Automatismos llevamos años insistiendo en la necesidad de crear un marco legal específico, homogéneo y exigente, que no solo establezca criterios técnicos claros para la fabricación y el mantenimiento de las puertas, sino que también asigne responsabilidades a un organismo de control con capacidad de supervisión.
La seguridad no debería depender de la buena voluntad de cada instalador o del conocimiento del usuario final, sino de un sistema normativo sólido que proteja a todos los ciudadanos por igual.
La paradoja de las puertas automáticas pone de manifiesto que, a veces, lo más cotidiano es precisamente lo que menos cuidamos. Cada día confiamos en que estas puertas funcionarán de forma correcta y segura, pero la realidad es que miles de ellas no cumplen con los estándares necesarios. Mientras tanto, los accidentes siguen produciéndose y el vacío regulatorio permanece sin resolverse.
El debate está sobre la mesa: si queremos que las puertas automáticas sigan siendo un símbolo de accesibilidad, comodidad y modernidad, es urgente que también se conviertan en un ejemplo de seguridad y confianza.





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